Un sueño: estudiar ecología y cuidar el ambiente.
Se llama Jonathan Julián Vergara y durante más de seis años la calle fue su casa. Llegó allí por malas compañías, conoció las drogas de niño y, en el camino, perdió a su familia. Un accidente de tránsito le dejó una secuela en el brazo izquierdo. Una noche de 31 de diciembre, solo y sin bañarse, entendió que quería otra vida.

El primer paso fue pedir ayuda y retomar el autocuidado. El segundo, volver a estudiar. En la Subdirección para la Adultez le hablaron de CIPREIA, un modelo que permite cursar por ciclos y recuperar lo aprendido. Se matriculó y, con paciencia de sus docentes, las palabras y los números empezaron a quedarse.
El aula fue sumando pequeñas victorias: entregar un taller a tiempo, entender un problema, leer en voz alta sin miedo. Entre refuerzos en ciencias, lenguaje y matemáticas, el bachillerato tomó forma. Volvió el diálogo con su familia; llamó a su mamá para contarle que seguía estudiando.
Cuando le dijeron que había conseguido el mejor ICFES de su cohorte en Bogotá, no lo creyó. Tomó el celular y se marchó a casa. Hubo lágrimas y una certeza: esa hoja de resultados abría puertas. La educación, pensó, también es un abrazo.
Jonathan quiere estudiar ecología y medio ambiente. Le interesan el reciclaje y la sostenibilidad. En sus palabras, se trata de “ser un orgullo” para su hijo y enseñar con el ejemplo. Pide apoyo para continuar con la universidad. Promete poner el mismo empeño que lo trajo hasta aquí.
Su grado será el 20 de noviembre. Dice que lo celebrará con la familia, que ahora le cree. También con los profes que le tuvieron paciencia y con los compañeros que lo vieron llegar con morral y libreta, como quien vuelve a empezar.
Historias como la de Jonathan no ocurren solas. Detrás hay políticas públicas, equipos de calle, trabajadoras sociales, psicólogos y docentes de estrategias como CIPREIA. En Bogotá, cientos de personas han retornado al aula con este modelo flexible.
El desafío que sigue es claro: convertir un resultado brillante en un proyecto profesional sostenible. Becas, asesoría para admisiones, manutención y redes para el primer empleo serán decisivos. La ciudad ya puso la ruta; ahora toca transitarla hasta la meta.
En su barrio y en redes, el caso desató mensajes de felicitación y orgullo. Instituciones educativas y sociales lo tomaron como una bandera para invitar a otros a retomar el estudio. La narrativa de “sí se puede” se impuso sobre los estigmas.
Para el Distrito, la historia legitima el enfoque de educación flexible para población en habitabilidad en calle y anima a mantener recursos. La conversación se desplaza a la continuidad en educación superior y al acompañamiento familiar.
La crónica de Jonathan demuestra que las segundas oportunidades existen cuando hay un aula abierta y manos dispuestas a acompañar.