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Microempresas concentran la mayor informalidad.

La informalidad laboral en Colombia bajó al 55% en el trimestre móvil julio–septiembre de 2025, una caída frente al mismo periodo de 2024 que consolida la tendencia descendente de los últimos años. La cifra refleja que más personas están cotizando y que más unidades productivas operan con requisitos básicos de formalidad.

El indicador resume dos realidades: asalariados que aún no cotizan a seguridad social y trabajadores independientes en unidades catalogadas como sector informal. Aunque el avance es real, más de la mitad de los ocupados todavía está por fuera del sistema, con impactos en ingresos, protección social y productividad.

Para los hogares, menos informalidad implica mayor probabilidad de afiliación a salud, protección ante riesgos y ahorro pensional. Para los micro negocios, formalizarse abre la puerta a crédito, contratación con el Estado y programas de apoyo. La fotografía, sin embargo, es desigual y obliga a mirar el mapa con lupa.

El contraste territorial sigue marcado: en centros poblados y rural disperso la informalidad bordea niveles muy altos, mientras que en las principales ciudades se mueve en franjas mucho más bajas. La estructura productiva y el peso del trabajo por cuenta propia explican buena parte de esa brecha.

Por ciudades, los registros más elevados se concentran en capitales de la Costa Caribe y ejes urbanos con predominio de comercio popular. En el otro extremo, Bogotá y varias capitales del Eje Cafetero exhiben pisos de informalidad asociados a mayor densidad empresarial y mercados laborales más formales.

El tamaño de la empresa es determinante. En microempresas la probabilidad de informalidad es abrumadora frente a medianas y grandes compañías. Costos fijos, trámites y baja productividad dificultan el salto; de allí la relevancia de esquemas graduales de aportes y de simplificación regulatoria.

También hay brechas de género. Aunque la tendencia es descendente para ambos, persisten diferencias en sectores y tipos de ocupación. En el agregado, los hombres se concentran más en oficios de calle; las mujeres, en servicios personales y comercio, con trayectorias laborales interrumpidas por tareas de cuidado no remuneradas.

El contexto macro acompaña: junto a la reducción de la informalidad, el país transita niveles de desocupación menores que hace un año. Este entorno ayuda a la creación de empleo formal en urbes, pero no resuelve por sí solo los retos estructurales en territorios con menor dinamismo productivo.

Para trabajadores y negocios que evalúan formalizarse, las rutas incluyen RUT simplificado, monotributo o regímenes simples, y afiliación por horas o por ingresos reales. En varios municipios ya operan ferias de afiliación y ventanillas únicas que reducen tiempos y costos de entrada.

Las universidades y cámaras de comercio promueven capacitaciones cortas en contabilidad básica, facturación electrónica y marketing digital. Son competencias clave para sostener la formalidad: no basta con inscribirse, hay que vender mejor y gestionar mejor para que el negocio sea viable.

Las entidades territoriales reportan avances cuando combinan espacios públicos regulados para comercio popular con incentivos a la formalidad. El mensaje central: las medidas que reconocen la realidad del rebusque, en vez de negar, logran trayectorias de transición más estables.

En el corto plazo, el país recogerá beneficios en recaudo, cobertura en salud y productividad urbana si la curva sigue descendiendo. El punto crítico está en el campo y en corredores urbanos con comercio de subsistencia, donde se requiere acompañamiento productivo y acceso a mercados.

Las asociaciones de vendedores piden tránsito sin sanciones abruptas, esquemas de costos proporcionales y compras públicas para Mipymes que acrediten avances de formalización. La conversación avanza: hay consenso en que perseguir la informalidad sin alternativas suele fracasar.

El reto es sostener la tendencia con políticas que reduzcan costos de cumplimiento, mejoren la productividad y formalicen gradualmente a quienes hoy viven del día a día. La meta: que el dato del 55% sea una estación, no un destino. 

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