0 4 mins 4 meses

La norma marcó 50 dB de noche; el parlante supera el tope.

El primer reporte llegó un jueves, a las 10:30 p. m. “No podemos dormir”, escribió una vecina del piso 8. El sonido venía del apartamento contiguo: música con bajo marcado y voces que rebotaban en el pasillo. Para la administración no había dudas del horario: la franja nocturna comienza a las 21:01. Faltaba responder a la pregunta clave: ¿cuántos decibeles?

*Imágen de referencia

Al día siguiente, el comité de convivencia convocó a las partes y programó una medición con sonómetro. En residencias, el límite es 50 dB(A) de noche; la lectura marcó 56–58 dB(A) en el dormitorio del apartamento afectado, con picos superiores en los coros. La diferencia parece pequeña, pero para quien intenta dormir, es decisiva.

El reglamento del conjunto preveía amonestación en primera ocasión, multa si había reincidencia y escalamiento a Policía en caso de persistencia. Tras la primera advertencia, el residente ajustó el volumen, pero el sábado siguiente hubo nueva queja a las 11:15 p. m. Esta vez la multa se hizo efectiva y se le explicó que la medida no impedía —si continuaba— un comparendo del Código de Policía.

El administrador dejó constancia: actas, horarios, lecturas, firmas. También propuso soluciones: reubicar el parlante lejos de la pared contigua, levantar ligeramente la torre de sonido del piso para disminuir transmisión y colocar burletes en la puerta del balcón. Pequeños cambios, gran impacto.

La semana siguiente, una nueva medición arrojó 48–50 dB(A) a las 10:00 p. m. El vecino sancionado pidió disculpas y aceptó el compromiso de no usar amplificación después de las 9:30 p. m. La multa quedó registrada y se evitó llamar a la Policía. Lo esencial fue medir y dialogar antes de llevar el conflicto a mayores.

Historias como esta se repiten en ciudades del país. Con límites claros —65 dB de día y 50 dB de noche en área residencial— y una ruta que combine pedagogía y sanción proporcional, la convivencia mejora. El ruido deja de ser un asunto de percepción para convertirse en un dato verificable.

La propiedad horizontal tiene herramientas: reglamentos, debido proceso, multas y comités de convivencia. Y cuenta con respaldo del marco ambiental y del Código de Policía, que contemplan sanciones cuando la conducta trasciende la esfera interna del conjunto.

En el edificio del caso, la administración decidió socializar los límites de decibeles en ascensores y tablero de noticias, y programó un taller corto sobre medición de ruido para portería. Los residentes, por su parte, solicitaron crear un canal anónimo de reporte y fijar horarios para mudanzas y ensayos musicales.

El resultado: menos quejas, un procedimiento claro y compromisos voluntarios para aislamiento básico. La multa cumplió su objetivo preventivo, no recaudatorio.

Cuando hay reglas claras, medición transparente y diálogo, el ruido deja de ser una batalla de versiones. Queda un aprendizaje: la buena convivencia se construye cada noche.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *